Huellas
Horméticas
Sobre mí

Mi viaje hacia lo que hoy es Huellas Horméticas

Me llamo Miguel Frontera. Me considero un investigador —y por lo tanto un eterno aprendiz— de la conciencia y el potencial humano. Pero no siempre fui consciente de esas inquietudes.

Retrato de Miguel Frontera entre encinas, con la luz del atardecer filtrándose entre los árboles
En el bosque, que sigue siendo el lugar donde mejor me encuentro.

Una infancia entre árboles y animales

Nací en el puerto de Sóller, en Mallorca, en la casa donde viví mis primeros doce años: una casa de campo con árboles frutales, huerto propio y acceso directo a la montaña. De ese ambiente me viene algo que no ha cambiado nunca: asocio la naturaleza al hogar, y a los animales como verdaderos compañeros.

También estaba la música. Podía ver la película Fantasía varias veces en un mismo día sin aburrirme: sentía que me transportaba a mundos que yo mismo iba construyendo. Y estaba la figura de mi abuelo: doctor en matemáticas, ingeniero, hablaba cinco idiomas y a los noventa y tres años seguía matriculado en la universidad. Creo que mi pasión por el conocimiento tiene ahí una de sus raíces.

Miguel de niño junto a un gran árbol en el campo mallorquín, con un perro en primer plano
La casa de campo: montaña, animales y tiempo sin prisa.

Aprender a funcionar antes que a sentir

En la adolescencia me volví tímido e introspectivo. Hay un recuerdo que lo resume: poco antes de empezar el instituto lloré delante de otros niños y sentí vergüenza. Es la última vez que recuerdo haber llorado en muchos, muchos años. Sin darme cuenta, aprendí a funcionar antes que a sentir.

Me formé en cocina y hostelería, y trabajé años en un sector física y psicológicamente agotador. Vivía bastante desconectado de mi cuerpo, con una comprensión emocional de mí mismo casi nula. Me declaraba rotundamente ateo, con una mentalidad muy rígida frente a todo lo que sonara a espiritualidad. Y sin embargo leía: de la imprenta de mi abuelo quedaron muchos libros en casa, y entre ellos estaba la Bioenergética de Lowen, que entonces no entendí. Algunas semillas tardan años en germinar.

La cámara que me cambió la mirada

En 2015, con veinticuatro años, hice mi primer viaje fuera de España. Me habían regalado una cámara, y durante ese viaje aprendí a afinar el ojo: las formas, las luces, los detalles. Sin saberlo, ese viaje marcó el final de un ciclo de falta de sentido.

Fotografiar a personas me abrió a otras ramas de aprendizaje, como la psicología y la espiritualidad. Y viajar —cada vez más a menudo solo— se convirtió en una vía para entrar en contacto con mi mundo emocional, mi cuerpo y mis anhelos.

Fotografía en blanco y negro de una mujer mayor leyendo un libro en un banco
De aquella época con la cámara: aprender a mirar también fue aprender a estar.

El lago

En 2019, durante un viaje en solitario por Eslovenia, sentí una conexión muy especial con un lugar: un lago glaciar que me atraía de una forma que no sabría describir, como si la naturaleza se estuviera comunicando con mi parte más intuitiva. A la mañana siguiente me metí en el agua.

Ahí tuve la epifanía de reconocer lo inteligente que es el cuerpo: todas sus respuestas tienen un fin de autorregulación. Redirigiendo la forma en la que respiraba podía conectar con el placer donde antes solo había alarma. Esa experiencia me llevó a estudiar los beneficios del frío y de la respiración desde un marco teórico, y a certificarme como instructor.

Recuperar el llanto, recuperar la voz

A partir de 2020 la espiritualidad dejó de parecerme una fantasía. Llegaron libros como Siddhartha o Autobiografía de un yogui, y con ellos una comprensión que después no ha dejado de reafirmarse: una espiritualidad que incluye al cuerpo como canal principal. Empecé a asistir a retiros y talleres, y conocí a personas con las que sentía una afinidad genuina.

A finales de 2022 viví una ceremonia de ayahuasca que marcó un antes y un después. Atravesé la vergüenza, la desconfianza y un miedo muy antiguo. Lo verdaderamente significativo llegó a la mañana siguiente: gratitud por cosas cotidianas —el calor del sol, los pies sobre la tierra, el sabor de la comida— y, durante la integración, la capacidad de llorar después de tantos años. La guía me dijo algo que me marcó profundamente: «Tienes una voz preciosa, deberías hacer algo con ella». En la adolescencia se habían burlado de esa misma voz. Este proyecto es, en parte, mi respuesta.

Vuelta a las raíces

En julio de 2023 pedí una excedencia en la empresa en la que llevaba años, un trabajo que sentía cada vez más alejado de mis valores. Dos meses después formaba parte del equipo de instructores de un retiro de hábitos saludables, impartiendo dinámicas de respiración y breathwork con música que había compuesto de forma autodidacta. Ver que aquello ayudaba a otras personas en sus procesos fue de lo más gratificante que había sentido nunca.

2024 fue el año de volver a las raíces, en un sentido muy literal: cambié de sector y empecé a trabajar al aire libre, en agricultura y gestión forestal. Pasar de las cuatro paredes al campo me devolvió sensaciones de la infancia y me quitó de encima cargas de estrés acumuladas durante años. En paralelo empecé a divulgar sobre conciencia y respiración, y a impartir talleres grupales de breathwork.

Foto de grupo en una playa de Mallorca al atardecer, con más de veinte participantes de un retiro celebrando
Con el grupo del retiro Reconexión Ancestral, en Mallorca, donde impartí dinámicas de breathwork y entrenamiento consciente.

Donde estoy ahora

Hoy sigo formándome: en Terapia Corporal Integrativa, donde el cuerpo confirma cada fin de semana que sabe lo que tiene que hacer si le doy permiso, y en terapia asistida con psicodélicos, con una escuela argentina formada por médicos discípulos del psiquiatra chileno Claudio Naranjo. Llevo este aprendizaje a talleres vivenciales, a sesiones de acompañamiento uno a uno y a la comunidad que se va tejiendo alrededor.

Y sigo en proceso, porque esto no termina: aprendiendo a recibir, no solo a sostener; a estar en la vida también desde el placer y no solo desde la búsqueda. Si algo he aprendido es que hay muchas formas de hacer las cosas fuera de nuestros paradigmas. Atrevámonos a explorar, y a darnos el espacio necesario para conectar con nuestra intuición.

Miguel de perfil en la penumbra, frente a una grieta de luz cálida entre dos rocas
El umbral: donde termina lo conocido y empieza lo que llama.
Crecer no es volver al útero. Es aprender a sostenernos desde dentro.
Miguel Frontera
Seguir caminando

Si algo de esta historia te resuena

El siguiente paso puede ser un taller, una sesión o simplemente empezar a respirar de otra manera. El ebook es un buen punto de partida.